
Sacerdocio
Crónicas de Equinore
AREYXO
Tierra de volcanes, aquel lugar donde los contrastes hacían de sus paisajes sueños y pesadillas. La tierra negra, carbonizada y los amplios pastos verdes. Tierra de contrastes. Tres eran los volcanes que dominaban aquel territorio. Fonox, el volcán de las mil chimeneas. Había erupcionado miles de años atrás y tan solo dejaba salir humo de vez en cuando, alertando de que esto iba a ocurrir con un rugido. Estaba Egradox, el más alto de los tres. No había siquiera recuerdos de que este hubiese hecho alguna vez erupción. El temblor que provocaba en el suelo recordaba de vez en cuando que seguía allí, pero nadie creía que fuese posible que erupcionase jamás. Estaba cubierto de verdes plantas, pastos y tierras de cultivo, era un gigante dormido que regalaba a los habitantes de Areyxo sus frutos. Y por último estaba Ordex. Al límite del territorio, besando el mar, estaba el maldito. Ordex era el único de los tres volcanes que seguía activo. Era el de menor tamaño. Y cuando menos lo esperaban los areinienses, estallaba. ¿Y quien en su locura establecería poblados cerca de semejante monstruo de la naturaleza? Oxiperia. Esa palabra, explicaba todos los riesgos. Mientras que las gentes que vivía en las aldeas y ciudades que rodeaban Fonox y Egradox tenían una vida tranquila y humilde, basada en la ganadería y la agricultura, los que se habían arriesgado a vivir bajo la amenaza de Ordex eran ricos. Allí estaba la familia real, asentada desde el inicio de los tiempos, desde la primera vez que Ordex dejó salir su furia.

Dicen las leyendas que el joven Xeraton Galmiax no era más que un jovenzuelo de 15 años. Un pastor que se lanzó a la aventura, a quien la curiosidad llevó hasta los pies del volcán, una vez esté hubo cesado su furia. ¿Y cuál fue su sorpresa? El suelo estaba cubierto por arcoiris. Era algo que jamás había visto antes. Era la lava del volcán solidificada. ¿Que clase de lava había en aquel volcán para que al volverse sólida fuese de semejante belleza? Xeraton se hizo como puso con un poco de ese material, era ligero y hermoso, pero a la vez afilado y resistente. ¿Que maravilla era aquella? La vendió a un comerciante que pagó mucho menos de lo que más tarde valdría aquello, pero mucho más de lo que Xeraton, o su familia, habían ganado en toda una vida. Se guardó ese secreto. No dijo de donde lo había sacado. Ahorró, ahorró y llegado el momento era el hombre más rico de Areyxo. El mayor del territorio, el más sabio, aquel en quien el pueblo confiaba para resolver sus problemas fue relegado de su lugar. Ahora era Xeraton quien ostentaba el poder en Areyxo, el dinero era mucho más fuerte que las palabras. Y al propio pueblo no le costó empezar a seguir a Xeraton como líder.

Construyó un palacio con los suelos recubiertos de oxiperia, un alarde del poder y la gloria que le rodeaban. Se hizo con el control del volcán y del regalo que una vez al año otorgaba en forma terrorífica. Y a quien no obedeciera, quien se negase a sus órdenes, lo encarcelaba en Verex. Una prisión a juego con su palacio, ya que las barras y medidas defensivas estaban tambíen elaboradas con oxiperia. Era un lugar del que no se pòdía salir, situado lo suficientemente cerca del volcán Fonox como para que el calor pudiera sentirse hasta en el invierno y lo suficientemente lejos como para que durante el estallido del volcán no desapareciese.
Pronto se convirtió no solo en la cárcel del Areyxo, se amplió para albergar allí a los peores criminales de todo el continente.
Los Galmiax fueron heredando ese territorio ‘’Por la gracia de Agafe.’’ Y el pueblo no replicaba, al fin y al cabo eran el territorio más próspero del continente. La población estaba claramente dividida. Estaban los ricos y los pobres. Los pobres seguían habitando en las tierras de Egradox y Fonox, trabajaban el campo para alimentar a las bellas ciudades de Ordex. Esas en las que hasta quien trabajaba recogiendo la oxiperia ya tenía mucho más que un campesino. La gente iba emigrando poco a poco hasta las ciudades de Ordex, cada vez más. Buscando hacerse un hueco entre los recolectores. Pero las ciudades empezaron a superpoblarse. Al principio se instó a la gente a que dejase de llegar, no había trabajo para todos. Pero la avaricia era más fuerte. Se dieron robos masivos. Asesinatos… Y los Galmiax tomaron una medida drástica. Construyeron una alta muralla que separaba el territorio de las ciudades de Ordex de las tierras de Egradox y Fonox. Solo había una puerta en esa colosal muralla recubierta en el exterior por pinchos iridiscentes de oxiperia, y esta estaba vigilada por guerreros día y noche.
El tiempo al final normalizó la situación. Tras las puertas de Ordex había un mundo de lujos y excentricidades, de decadencia en un pequeño mundo donde el dinero hacía mucho que había dejado de ser importante para aquellos que vivían allí, pues tenían tanto que no sabían ni lo que tenían. Cada tanto se permitía entrar a algunas personas del exterior. Una vez al mes, y con un riguroso control, para hacer un mercado. Y una vez al año para contratar trabajadores. El control sobre ese oro de arcoiris ya estaba bien repartido, no habría nuevos ricos. Había quienes tenían el control total, como los Galmiax o algunas otras pocas familias que tras el paso del tiempo se auto proclamaron nobleza también. Estaban quienes vivían una vida burguesa y relajada subcontratando a otros que trabajaban por muy poco para que ellos pudieran hacerse de oro. Y estaban quienes vivían más cerca de las murallas, aquellos que habían logrado una vida tranquila tras las murallas, trabajando para otros, como recolectores o como criados y sirvientes.
Así fue como el Areyxo de hoy día nació. De la explosión de un volcán, de la curiosidad de un muchacho y de la avaricia de los hombres.

Fue durante la explosión anual del volcán que ocurrió. Ellos llegaron como si el rugido de Ordex les hubiese llamado. Atravesando las lenguas de lava, andando sobre el suelo ardiente como si no pasara absolutamente nada. Gigantes, dragones, fenix, gafenui, salamandras… Seres que se escapaban a la razón de lo habitantes de Areyxo.
En el territorio más allá de las murallas había habido guerras y peligraba la inestabilidad del continente, la llegada de aquellos seres sorprendentemente ayudó a reorganizar el mundo. Se adaptaron como si nada.La gente más allá de la muralla les estimaba como si fuesen seres mandados por la diosa Agafe para ayudarles. Pero ellos traían sus propias costumbres y creencias. Las criaturas que llegaron veneraban con fervor a la Diosa Crotha. Representaba la guerra, la muerte, la noche, los secretos, la venganza... Nada que ver con Agafe, diosa del fuego sí, un ente destructor, pero ella clamaba por la pureza de las cosas, la luz, la reencarnación, la justicia… Igualmente con el paso de los meses, se hicieron un hueco entre el pueblo, tanto ellos como su exótica cultura. Algunos lograron hacerse un hueco en la mismísima corte. Como Fretus, que era un Gafenui y se había convertido en gran amigo de la reina Xarora Galmaix II. Esa amistad poco a poco se convirtió en amor. Algo que obviamente a su marido, el rey consorte Plex Kilox, no le gustó nada. Él odiaba a esos nuevos habitantes incluso antes de que uno de ellos se revolcarse con su mujer en el lecho, dejándolo en ridículo como el cornudo más grande de todo el continente. Y no era el único que les odiaba. Muchos más en Areyxo y en otros reinos, compartían su reticencia hacia esas criaturas poderosas y extrañas. No fue difícil encontrar nobles tanto en Areyxo como de otros reinos que se uniesen a su causa contra esos monstruos.
El primer asesinato a una criatura fue a manos de Plex Kilox. Fretus dormía junto a su amante la reina Xarora, cuando el celoso marido de esta entró a los aposentos junto a alguno de sus nuevos amigos, cargados con barreños de agua. Dejaron caer el agua sobre el gafenui y la llama en su pecho se extingió antes de que Aurora pudiese siquiera darse cuenta.
La caza contra las criaturas fantásticas había comenzado. No sería la última muerte…

Ya han pasado 300 años desde que la reina Xarora Galmiax II se suicidó tras la muerte de su amado gafenui, arrojándose en su honor a la boca de un volcán.
Y las fuerzas que persiguen a los seres mágicos son cada vez más viles, consiguen más adeptos y en los confines más allá de los volcanes de Areyxo se halla la tierra de los Sesgadores, lo que una vez fue solo la prisión de Verex. En los confines de Areyxo, en los confines del continente, se halla el punto más crudo de la caza de seres mágicos. Allí se llevan a las criaturas que logran capturar esos radicales. Las encarcelan, torturan y someten para luego venderlos como esclavos al mejor postor. Y es algo que se permite, se hace la vista a un lado ya que son las sacerdotisas y monjes de Dhull, que clamaban por un mundo de paz y sin aberraciones mágicas, quienes financian esas prácticas. Según ellos por las órdenes de los antiguos dioses que temen por las almas de los humanos al verse expuestos a la corrupción de esas criaturas y sus deidades paganas.

Areyxo: Tierra de volcanes, fuego, sangre y lágrimas…

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